Silencio en lugar de colorido – Mi viaje hacia la pintura inspirada en Japón
- Alessanara

- 11 sept
- 6 Min. de lectura

La fascinación de la pintura japonesa
Existen culturas en las que la pintura siempre es un reflejo del mundo: detallada, explicativa, casi documental. Y luego está el arte japonés, que habla un lenguaje completamente distinto. No es tanto una imagen como un estado de ánimo. Un instante fugaz que se desvanece en la niebla, y que sin embargo –o precisamente por ello– resuena con tanta profundidad.
La pintura con tinta, el Sumi-e (墨絵), resulta igualmente fascinante. Allí no se pulen los detalles durante horas, sino que un solo trazo lo decide todo. El resultado no se puede corregir, no se puede retocar –y justamente eso lo hace tan honesto. Cada trazo es definitivo, pero también está lleno de vida. Una rama de bambú en Sumi-e puede componerse de apenas tres o cuatro líneas –y aun así se reconoce de inmediato, no solo en apariencia, sino en esencia.
Pero el arte japonés no es solo reducción. Uno de mis grandes favoritos es Itō Jakuchū (伊藤 若冲, 1716–1800). Fue lo opuesto a un minimalista: un maestro del color, un pintor de imaginación desbordante. Sus pinturas de animales y plantas prácticamente explotan de vida –y aun así poseen una claridad que nunca resulta caótica. Lo que más me conmueve de Jakuchū es su capacidad para crear armonía en medio de la abundancia. Cada detalle tiene su lugar, nada es arbitrario, y aun así todo respira.
Para mí, ahí reside la esencia del arte japonés: el equilibrio entre plenitud y silencio, entre trazo y vacío, entre detalle y atmósfera. Esta actitud es la que me inspira –no porque quiera “adoptarla”, sino porque me ofrece una nueva mirada sobre mi propia pintura.

¿Por qué un nuevo estilo?
Durante muchos años pinté retratos de animales. Estaban llenos de color, de energía, a menudo con miradas intensas y una fuerte presencia emocional. Amé esa etapa –y sin embargo, en algún momento sentí que ya no expresaba mi verdad interior.
Era casi como si me observara desde afuera: mis animales, poderosos en el lienzo, y yo, sintiéndome cada vez más pequeña a su lado. Cuanto más evolucionaba, más claro quedaba: ese tipo de pintura fue parte de mí –pero ya no era la parte que deseaba hablar ahora.
Hoy siento: ya no quiero retratos. No más rostros fijos, no más momentos congelados. En cambio, anhelo movimiento, paisajes, la naturaleza en todas sus formas. La niebla que fluye, las flores que se marchitan, las montañas que desaparecen bajo la lluvia.
Mi estilo anterior se siente ahora como un capítulo colorido de mi diario –un capítulo hermoso, pero uno que ya se ha cerrado. Sin embargo, no quiero negarlo. Quiero tender un puente. Ajustaré mis últimas pinturas de animales para que me resulten coherentes –menos colores estridentes, más calma, tal vez un toque de niebla, tal vez fondos más suaves. Serán obras de transición: pequeños puentes entre la energía del pasado y el silencio del futuro.

Lo que Japón hizo conmigo
Mi viaje a Japón no fue un simple recorrido turístico de monumentos, sino más bien un asombro silencioso –con Kioto como centro. Recuerdo haber caminado por los jardines japoneses: superficies de grava rastrillada, islas de musgo como pequeños paisajes, estanques en los que se reflejaban árboles y cielo. Y aunque había mucha gente a mi alrededor, un silencio indescriptible lo envolvía todo. Era como si cada paso, cada voz, fuera absorbida por la quietud del entorno.
Esa experiencia me marcó profundamente. En Kioto comprendí que el silencio no depende de la ausencia de personas, sino de una actitud. Un jardín japonés nunca está vacío ni “terminado” –vive del equilibrio entre el orden y la naturaleza, entre lo planeado y lo casual. Y exactamente así me sentí: como si incluso mi propio caos en el estudio pudiera encontrar un lugar en ese equilibrio.

Particularmente impactante fue para mí la visita a la Pagoda Tō-ji. Allí vi una exposición del artista Kazuhisa Kusaba, cuyas pinturas cerámicas me abrumaron por completo. Sus obras unen tantos opuestos: son detalladas y, sin embargo, llenas de vacío; modernas y a la vez profundamente enraizadas en la tradición. Me quedé largo rato frente a esas piezas, sintiendo que yo también buscaba algo similar en mi propia pintura: un puente entre lo que fue y lo que está por venir.
Los santuarios y templos de Kioto también me mostraron cuánto nos influyen los lugares. Cada santuario era más que arquitectura –era atmósfera. El olor a madera e incienso, el crujido suave de los suelos, el susurro de las hojas en los jardines. Todo se sentía como una pintura hecha de sonidos, aromas y silencio.
Japón me enseñó que el arte no siempre tiene que ser ruidoso para conmover profundamente. Puede susurrar. Puede dejar espacio. Puede convertirse, como un jardín o un templo, en un lugar donde se respira. Eso es exactamente lo que quiero buscar –y encontrar– en mis cuadros.

Mi nueva dirección
Después de todas esas impresiones entendí: debo cambiar mi pintura. No un poco, no en pasos pequeños –sino de manera fundamental.

Antes, los animales eran el centro de mi obra. Sus ojos, su expresión, su presencia –ese era mi lenguaje. Hoy, en cambio, me atrae la naturaleza en su conjunto. Ya no el retrato, sino el paisaje. Ya no el individuo, sino la interacción. La niebla que se expande. Los pastos que se mecen con el viento. Las montañas que se desdibujan en la bruma. Las flores que iluminan y vuelven a desvanecerse. Todo lo que ofrece la naturaleza ahora puede tener cabida en mis lienzos.
Menos color, más aliento
Mi paleta cambia tanto como mis motivos. Donde antes dominaban tonos fuertes, ahora prevalecen colores apagados. Gris niebla, blanco roto, verde musgo, tonos ocres, un leve soplo de azul. Solo de vez en cuando aparecen acentos más intensos –entonces de manera deliberada, como una respiración que parpadea un instante y vuelve a desaparecer. Es casi como si ahora usara el color como atmósfera, y ya no como protagonista.

El Sumi-e como maestro
La técnica del Sumi-e es para mí como un maestro silencioso. Estoy aprendiendo a comprender la tinta: su delicadeza, su vida propia, su imprevisibilidad. Un trazo, un soplo de agua –y la obra ya está decidida. Quiero llevar esa actitud a mi pintura –no para copiar la tradición, sino para dejarla fluir como un recuerdo. Tal vez en un único trazo, en una textura, en la claridad de un espacio vacío.
Mi propio estilo
Al final, no quiero pintar “Sumi-e europeo”. Quiero encontrar mi propio camino. Experimento con degradados de color que recuerdan a la niebla, con formas en movimiento que apenas insinúan animales o paisajes sin describirlos. A veces aparecerá un texto en la obra –una frase poética, una huella de pensamiento. Y tal vez también utilice pinturas camaleónicas que brillan y cambian con la luz –como un pequeño juego con lo efímero.

Atreverse a lo nuevo
Lo más importante para mí: el valor de intentar algo nuevo. No sé adónde me llevará este camino. Solo sé que me atrae. El arte siempre ha sido para mí un lugar donde puedo perderme. En los trazos, en los degradados, en el silencio entre dos colores. Y justamente esa pérdida de sí quiero hacer visible.
Quizás algunas obras fracasen. Quizás surjan cuadros que no funcionen en absoluto. Pero eso también forma parte del proceso. Porque solo experimentando puedo encontrar algo verdadero. Y no quiero pintar una copia de mí misma –quiero avanzar, seguir siendo curiosa, probar cosas nuevas.
El caos permitido
Y, siendo sincera: mi estudio sigue siendo caótico. Aunque mis cuadros se vuelvan más tranquilos, mi mesa sigue llena de botes de pintura, recortes de papel y montones de pinceles. Pero tal vez esa sea la enseñanza más hermosa: la calma no está afuera, sino en la propia obra. Todo lo demás puede seguir siendo desordenado.

Conclusión – Un nuevo respiro
Kasumi significa “niebla” (霞). Para mí no es solo un nombre, sino un camino. La niebla es lo que está en medio: intangible, indefinida, pero presente. Oculta y muestra al mismo tiempo, vuelve el mundo más misterioso.
Eso es exactamente lo que quiero expresar en mi arte: cuadros que no proclaman a gritos, sino que sugieren en silencio. Obras que dejan espacio a tu propia interpretación, a tu propio silencio.
No voy a esconder mis antiguos retratos de animales –son parte de mí. Pero ahora comienza un nuevo capítulo. Uno en el que la niebla, el paisaje, la naturaleza y las flores juegan el papel principal. Un capítulo en el que pinto menos, pero digo más.
Y por si te preguntas qué tan silencioso es realmente mi estudio: normalmente solo hasta que vuelvo a enganchar la manga en un pincel o derramo la leche dorada sobre el boceto. Pero quizás ese sea precisamente el sentido del Wabi-Sabi –la belleza de lo imperfecto, el caos junto al silencio. Y creo que ahí es donde me siento en casa.

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